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  • pedroavaria89

Work and Holiday New Zealand: La llegada, sin vuelta atrás.



Me fui sin darme cuenta, casi instintivamente. No tenía objetivos más que aprender inglés y solo sabía que para solventar el viaje tenía que trabajar en mi nuevo destino. No tenía pasaje de vuelta y (casi)nada pendiente por lo que volver.


No hablaba inglés ni tenía idea del país, ninguna referencia. Nunca había conocido un solo kiwi en toda mi vida… Pero dos de mis mejores amigos de Santiago ya se habían ido hace un tiempo. Ellos me contaban las maravillas del país: buscar trabajo es cosa de horas, buscar casa también. No hay que hacer papeleo para comprar un auto. El sueldo mínimo era grotesco comparado con el Chileno, no hay delincuencia, las casas no tienen rejas…


El 17 de septiembre del 2013 tomé un avión desde Santiago de Chile a Christchurch, Nueva Zelandia, la ciudad más populosa de la Isla sur. Sólo, a juntarme con mis amigos Cote y JP.

Llegar a Nueva Zelandia fue una inversión. El ticket de avión salía más de 1.000 USD. Además, me fui con 700.000 CLP de ahorro, los cuales había conseguido haciendo clases particulares de matemáticas y física.


Christchurch había sufrido un terremoto el año 2011 que había destruido el centro de la ciudad, el cual estaba semi abandonado. De noche era digna de película de zombies.

Apenas llegué, me di cuenta que el plan era trabajar y ahorrar en los meses de invierno para viajar en el verano. Llegué a la casa de mis amigos, donde justo había un espacio vacante para mí – siempre me han recriminado que llegué a la casa cuando todo estaba manso y organizado, que antes de que yo llegara habían sido meses complicados y ahora estábamos cómodos con casa y autos- vivíamos cuatro chilenos, tres uruguayos y dos argentinos, todos de la misma edad, todos en la misma etapa de la vida. Congeniamos genial. Tuvimos que aprender a hablar un español neutral, pocas veces me había dado cuenta del fuerte acento chileno, al punto en que los primero días los uruguayos no me entendían nada.


Los uruguayos me consiguieron trabajo con ellos, en la reconstrucción de la universidad de Canterbury, que había quedado muy afectada con el terremoto. Por suerte, me ayudaban con el inglés.


El trabajo era instalar el aislante térmico en los techos de la universidad, para eso había que usar andamios y otros “juguetes”. Mi equipo de trabajo, además de Dami y Nico, los uruguayos, eran un par de checos, unos Ingleses de Sunderland, algunos Kiwis y un par de Maoris. Era increíble. Entrabamos a las 7 am, aún estaba oscuro y había un frío infernal, pero era tan alucinante para mí, estar trabajando con gente tan diversa, encontrando toda la similitud que tenía con los uruguayos (y que en casa era al revés, parecía ser tan diferente a ellos), y todo esto, ahorrando buen dinero, creo que eran 17 dólares kiwi por hora.


Así como si nada, pasaron cuatro de los mejores meses de mi vida. Aprendí el idioma por medio de frases pre hechas, y al mes ya podía defenderme en inglés, pero el cambio personal que había experimentado era en mí mismo. Me notaba con ganas de conversar con gente, con gente tan pintoresca, tan diferentes unos de otros. Me di cuenta de que tenía cierta facilidad con los idiomas, por medio de imitar sonidos. Tambien tuve experiencias notables, como ver un amistoso de Chile contra Inglaterra en casa de los ingleses, cuando ganamos 2-0 con goles de Alexis Sanchez, o como abrir la cuenta del Kiwi Bank sin saber hablar inglés. También me hice amigo de Tonda, uno de los checos que trabajaba en la “constru” a quien visité en su casa de Republica Checa en 2019.

La convivencia en la casa fue de diez puntos, no hubo un solo roce y todos eramos amigos, cada sábado salíamos de fiesta todos juntos o nos íbamos de paseo a pueblitos cercanos, como Akaroa, Kaikoura o la playa de Christchurch, Taylors Mistake.

Nueva Zelandia me recibió con los brazos y el corazón abiertos, una casa acogedora con familia latina y toda la mejor onda que un viaje podría necesitar, me había dado cuenta que estaba bien que me haya ido, a ver qué otras cosas pasan en el mundo. Mi jefe, Richard, un Maorí, otro crack, siempre consciente de que no hablaba el idioma, me tuvo paciencia como nadie la ha tenido.


Los amigos que hice en esta etapa, se han transformado en compañeros de aventuras con los años, los más cercanos a mí, ya que entienden como yo la vida. No puede ser que haya que buscar un trabajo, casarse, tener e hijos y ya, ahora también sabía que podía elegir en “qué lugar” hacer ese plan, y sobre todo, me di cuenta que no era obligación vivir como otros quieres que vivas.


Una cosa muy loca fue darme cuenta de que todas las cosas que yo creía importantes de Chile, incluídos fútbol, política o historia, eran absolutamente desconocidas para casi todos, incluso argentinos y uruguayos. Me deje de preocupar por cosas que me preocupaban en chile, por ejemplo, la marca de mis zapatillas, el estatus, el clasismo… De ahí, no hubo vuelta atrás. Desde ese día me dejaron de importar las cosas superfluas de mí país, las normas de buenas costumbres y soy libre y mucho más feliz.




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